20 jul 2010

Donde vive aún la inocencia

Llevo un tiempo en que trato de tender puentes con el mundo de mi infancia y adolescencia, ese al que Rilke llamó «santuario de la memoria», y del que llegué a sentirme extranjero, o por lo menos desapegado. Hay recuerdos a los que ya no esperaba, que sin embargo vienen aflorando como si más bien fueran presentimientos. Uno de ellos tiene que ver con la época en la que cursé el bachillerato. Hasta que empecé el instituto sólo había visto la biblioteca municipal de mi pueblo y la del colegio salesiano donde estudié la EGB. Las dos las recuerdo pequeñas; de ninguna de las dos tomé en ese periodo un libro prestado.

Mi contacto con la literatura, hasta entonces, se reducía a aquella que una prima guardaba en una habitación de casa de mi abuela Lola. Mi prima se había ido a vivir con mi abuela para mitigar la soledad en la que estaban ambas: una, estudiante de Derecho que quería terminar la carrera y preparar unas oposiciones muy complicadas; la otra, viuda desde hacía unos pocos años de mi abuelo Alejo, ocupaba una casa de dos plantas, que había sido antes de sus padres, y que le quedaba demasiado grande. Junto a los manuales de leyes y rimeros de folios con apuntes, en aquellos cuartos del piso de arriba, sobre una repisa, encima de un gran arcón o dentro de un viejo mueble, vi por primera vez un Miguel Delibes, una Familia de Pascual Duarte y una Regenta.

Por otra parte, mi madre y mi abuelo Alejo fueron, a su modo, aficionados a la lectura. Si bien, los pocos libros que había conservado mi madre en casa tras algunos avatares (Balzac, Molière, George Sand…) estaban en francés; y la biblioteca particular de mi abuelo consistía en publicaciones sobre el más allá, lo paranormal y los ovnis.

Pero a los meses de entrar en el instituto esa familiaridad escasa con los libros se transformó para siempre. Considero que la primera biblioteca que exploré a conciencia fue la del centro donde hice el bachillerato. Ahora sé que era bastante modesta, pero yo no había visto antes tantos volúmenes ocupando decenas de estanterías repartidas en vitrinas por las cuatro paredes de una sala de estudio rectangular. Muchos recreos, en lugar de salir a la calle con mis compañeros, iba allí para mirar los títulos tras los cristales. Si querías alguno, recuerdo que había que rellenar una ficha y un profesor de guardia sacaba un manojo de llaves para abrir la puertecilla del mueble y sacar el libro solicitado. A algunos de esos profesores los volvía locos: en los veinte minutos que duraba uno de los dos descansos con que contábamos entre clases, les llegaba a obligar a que emplearan las llaves dos y hasta tres veces.

Pasé muchos recreos en aquella biblioteca. De los lomos de los libros que allí había, me quedé en mente con muchos de sus títulos. Hasta el punto que, desde entonces, no he hecho otra cosa que buscarlos y leerlos. A partir de ahí, cada vez que por fin terminaba un libro cuyo título había encontrado por primera vez en la biblioteca de mi instituto, cinco años, ocho años, diez años, doce años después, sentía que había avanzado en una propuesta que no me planteé de forma literal, y que sin embargo no he dejado de obedecer: averiguar qué contaban, qué contenían, todas las páginas guardadas tras aquellas vitrinas; qué había detrás de títulos que miraba como intentado escudriñar en la promesa de su planteamiento.

Precisamente, esa prima de la que hablé antes me descubrió un libro que también estaba en esa biblioteca, y que volví a leer por tercera vez hace un par de semanas. Cuando tenía trece o catorce años, la que pronto sería nueva abogada me contó de una novela en la que le sorprendió que apareciera nuestro pueblo, Alcantarilla, pero el de hace seis siglos. Se trataba de León el Africano, de Amin Maalouf. Comprobé por mí mismo que era verdad que Alcantarilla aparecía en ese libro en un par de pasajes como el lugar de origen de un personaje femenino. Tras el reciente premio Príncipe de Asturias de las Letras a su autor, regresé a su obra más popular y, al mismo tiempo, a ese mundo pasado en el que escuché hablar por primera vez de ella por boca de mi prima.

El narrador y protagonista de León el Africano resume así en el arranque de su historia el largo viaje de su vida: «Mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive aún mi inocencia». Se refiere el texto a la Granada árabe de su infancia, que terminaría siendo conquistada por el ejército de los Reyes Católicos, de la que se exiliaría con sus parientes y en la que siempre cifraría (otra vez con Rilke) el «santuario de su memoria».

Yo he recordado, entre las páginas de León el Africano, la anécdota de que mi pueblo figure como un lejano y fugaz escenario literario en una novela escrita por un libanés que reside en Francia sobre un personaje histórico, nómada forzoso, que fue de todas partes; que nuestra inocencia sigue viva en lugares que sólo desaparecerán con nosotros, y que deseo más que nunca conciliar presente y todos los sueños descartados que una vez, parece ya que en otra vida, acumulé.

4 comentarios:

Terenci dijo...

Esta entrada me ha hecho recordar que cuando era pequeño veraneaba en una casa de campo un poco apartada y no tenía demasiados vecinos de mi edad. De las tardes ociosas nació mi afición por la lectura. Gran bendición.
Me encanta tu blog.
Un abrazo.

Guillermo G. Valera dijo...

Muchas gracias por tus palabras. Proust sabía como nadie que los recuerdos generan otros recuerdos, en una cadena infinita. Me alegro que uno mío haya despertado otro en la memoria del niño que fuiste.
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Supongo que a esa edad solitaria, forjamos nuestros sueños y nos sentimos arropados con páginas que nos hicieron mucha compañía.
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También acabo de descubrir tu blog. ¡Espero que lo retomes pronto!
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Un abrazo

♥ ♣ ֵֶєρσ¢ค ∂σяค∂คֵֶ♣ ♥ dijo...

De chiquita tampoco tuve oportunidad, quizás por no verlo demasiado en mi casa..el interés por la lectura, y me basaba solamente en los pocos libros que mandaban repasar en la biblioteca municipal, en la cual tambien había que rellenar una ficha para poder cogerlo, si no estaba ya cogido...pero poco más. Ahora, me arrepiento de no haber podido despertar ese interés por los libros, puesto que es ahora cuando me doy cuenta que es muy enriquecedor...
Me has hecho recordar mis tiempos de niña jeje..
Besitos dorados para tí.

Guillermo G. Valera dijo...

Nunca es tarde para empezar a descubrir esas cosas que nos enriquecen. Tengo casi 30 años, y en los últimos tiempos ha sido cuando por fin me puse a disfrutar de algunos discos, películas, libros, cómics... que tenía aparcados siempre para más adelante. Hasta que los hice míos por primera vez y los degusté como puede hacerlo el adolescente, o incluso el niño, que los devora como si nunca antes otra persona hubiera compartido ese placer.