Dos menos cuarto de la tarde. Plaza del Cardenal Belluga, Murcia. Casi 26 grados en el mercurio. El calor es de esos que te aprietan las tuercas. Ajeno a la incipiente canícula, un profesor de instituto que rondará los sesenta, ataviado con chaqueta de terciopelo negro (¿un pañuelo de color claro en el bolsillo?), camisa y pantalón gris oscuros y sombrero color ceniza sobre los cabellos plateados, se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz y observa a la quincena de estudiantes de bachillerato que tiene frente a él como si su mirada de experimentado pastor bastase para gobernar el rebaño. Su figura emana todavía autoridad. La respetable autoridad del magisterio. Los adolescentes tienen en sus manos una fotocopia en A3 de un croquis de la fachada barroca de la catedral. En ristre, portan bolígrafos o lápices para tomar nota de la lección de arte e historia que les va a dictar su no tan viejo profesor. Éste reprende a un chico, lo llama al orden. Antes de empezar a explicar, clama: ‘¡Atención!’. Y comienza a desgranar los diversos elementos del imafronte del templo desde el lado derecho del espectador. Sus alumnos cazan al vuelo los conceptos, y trasladan al dibujo en el papel el concepto, el dato y el nombre correspondientes de cada parte de ese tapiz en piedra único en España. Puede que en Europa.
A su alrededor, bullicio de gente que sale de sus trabajos, va a Gran Vía a coger el autobús o a los aparcamientos a sacar sus vehículos. Olvidados de lo demás, incluida la tentación de ser poco obedientes, ellos sólo prestan ojos y oídos al enseñante, y a donde él les señala.
Me alejo de la escena, también yo a la busca de un autobús para el regreso a casa. En la cara llevo la sonrisa de quien acaba de asistir a uno de esos furtivos momentos que reconcilian con ciertas cosas.
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