1 sept 2011

La historia que no sabré

Cuando el camarero tuvo un momento de tranquilidad, se acordó de la mujer con la que apenas había cambiado tres frases y buscó la mesa en la que había estado sentada con su hijo, ya sin nadie, y recordó que quizás aquella señora le iba a regalar una historia que quedó truncada en el inicio. “Déjelos, no me molestan”, le dijo ella al camarero al ver a éste azuzar a dos gorriones que recorrían el suelo del local de comida rápida de aquel centro comercial cerrado por cuyas rejillas del techo se colaban las aves en su interior. A la caza de mollejas o de otros pequeños tesoros que hubiesen escapado a la acción de las escobas, los gorriones revoloteaban entre las mesas y trazaban arcos de vuelo corto de un extremo al otro del recinto. El camarero trataba de ahuyentarlos con el laconismo de quien en el fondo compartía más complicidades con aquel par de pícaros alados que con cualquiera de los bípedos que esa mañana anduviesen de compras o en una de esas franquicias de alimentación precaria y embrutecida. Entonces  la inesperada comensal lo interpeló para hacerle entender que la compañía de los gorriones era una agradable sorpresa, que ni de lejos la molestaba. Por un lapso fugaz, el camarero quedó perplejo. Tratando de revelarse él también favorable a la misma causa, pero exteriorizando que obraba por obligaciones conocidas, quiso que su cara reflejase tales circunstancias al explicar: “Los hago salir por higiene, más que nada. Para que no vayan a hacer sus necesidades dentro del restaurante”. “Claro”, replicó la señora, a la que el camarero juraría que vio lanzar un vistazo temeroso hacia el hombre que tenía frente a ella. “Es que vi pasar justo a nuestro lado algo como una flecha y, mi hijo se pensaba que estoy loca, pero le dije que era un gorrión lo que nos había casi rozado, y me dio alegría comprobar que así era. Estar comiendo y tenerlos alrededor”, resumió. “Por eso le pedí que no los echara”. El camarero sabía que no podía quedarse mucho más tiempo allí. Le refirió a la mujer cómo los pájaros eran ya residentes habituales en aquella parte del centro comercial y que era muy posible que hubiesen anidado en las complicadas y retorcidas estructuras que pendían del techo. Según se percató luego, la historia quizá promisoria que le podrían haber regalado esa mañana se inició y se apagó en ese instante. En la serenidad de la tregua le vino a la memoria el momentáneo reflejo que aleteó en los ojos de la señora, un brillo inusitado y una sonrisa que le brotó al compás, cuando dijo: “Disfruto mucho de su compañía. En mi jardín, en casa, también me la hacen”. 
 
No hubo continuación. El camarero atendió a clientes nuevos y las mil tareas perentorias del oficio. Sólo después, cuando el vuelo cruzado de dos gorriones le hizo recuperar las palabras tan recientes de la señora y la voluntad patente de contar que había vislumbrado en su cara y en su voz, le apenó darse cuenta de que se había marchado, y que ya no sabría la historia que se le intuía a la mujer en la punta de la lengua, ante la mirada poco convencida de su hijo, proclive a intimarla por la felicidad súbita de encontrarse en un lugar tan artificial a dos pardos aventureros con alas dispuestos a vender caras sus plumas por hacerse con el botín de migajas necesario para alimentar a su prole y a ellos mismos, y seguir luego sus acrobacias aéreas y sus saltos pendulares en el vacío.

26 ago 2011

Razón de ser del libro

El observador en apariencia ensimismado a ojos de quienes lo ven en la calle tiene su atención despierta a ciertas cosas, como si dispusiera de una segunda conciencia, y descubre signos en lo que mira que le sorprenden y le desalientan, y que cree preocupantes. Tras el cristal del escaparate de una tienda china de ropa ve unos libros de bolsillo (Poe y Dickens y otro que no puede retener), algo estropeados, ediciones de los años 90 por lo menos, utilizados como objeto de decoración. No es la primera vez. Hace una semana, en el interior de una de esas tiendas de ropa cuyo catálogo está destinado a jóvenes muy jóvenes, de las que se puede salir vestido de los pies a la cabeza con prendas de grandes estampados y el logotipo de la marca textil bien visible, ya se había topado con unos tomos (medicina, gramática, leyes) de vieja encuadernación que servían de ornamento en un anaquel en la pared. Cáscaras de papel que han perdido su razón de ser y se encontraban en esos locales por lo llamativo de sus lomos y cubiertas, o con la intención de dar un toque retro, de crear una cierta atmósfera variopinta. Como mero adorno silenciado y elemento superficial casi inadvertido en tiendas que venden un género fabricado en su mayor parte, si no en su totalidad, en China, en Taiwán o en India, mediante sistemas productivos altamente abusivos con sus trabajadores. Ropa confeccionada, como tantas cosas que tenemos a nuestro alrededor, con obsolescencia programada, para que duren un tiempo muy breve, y deban ser sustituidas a corto plazo, en un año, dos a muy largo fiar.

Recuerda también que hará dos días entró en una gran superficie comercial en la Gran Vía de Murcia y se topó con que, bajo el influjo de la nueva temporada escolar que viene, han relegado a un lugar marginal, mal dispuestas, las colecciones de libros de bolsillo de Alianza, Castalia, Edhasa y Cátedra, para otorgar los estantes y el espacio que hasta hace poco ocupaban a carpetas, agendas y material de papelería. Esos volúmenes fácilmente transportables, económicos, cómodos de leer, de subrayar y de acomodar en casa, sobre una mesilla, junto a un portarretratos, en un cajón del escritorio. La base de lo que le queda a nuestra civilización de civilizado. Y que contienen buena parte de nuestro patrimonio sapiencial, de conocimiento de lo que fuimos e hicimos, ayuda inestimable para entender algo de lo que somos y de adonde hemos llegado. La intrépida aventura de la búsqueda de respuestas a preguntas que vienen formulándose desde la noche de los tiempos y que no se han hallado porque probablemente no existan como tales, y en lo que realmente importa es la historia de esa prolongada pesquisa milenaria.

Oí una vez decir a Arturo Pérez-Reverte que los libros son “materia muerta”, objetos sellados que precisan de lectores que los abran y hagan latir la vida que guardan en sus páginas. Ahora se extiende la presencia de libros como parte inerte del paisaje y se establecen barreras invisibles entre ellos y las personas. Su perdurable riqueza permanece encerrada mientras en torno sobreabundan las cosas fútiles y caducas de antemano.

Piensa el observador en apariencia distraído: es con el imperecedero valor  cifrado en esos libros que lucen como piezas disecadas en muros y escaparates con lo que debemos pertrecharnos para una travesía de largo aliento como la de la vida. Con eso es con lo que estaría bien que nos vistiéramos de la cabeza a los pies.

15 abr 2011

14 de abril

En la tarde de ayer, mientras esperaba a un amigo a la entrada del bulevar de Santo Domingo, en la plaza que queda a unos metros de distancia crecía una concentración que abogaba por la llegada de una tercera república. Una pareja de policías locales la seguía de muy cerca. Consignas, proclamas y banderas tricolores de los manifestantes (quizá un centenar) hicieron que saliera a la calle, justo a mi lado, un comerciante. Minutos antes yo había paseado entre aquel gentío, me había aproximado a una mesa en la que estaba expuesta una serie de folletines políticos y a otra en la que se vendían chapas, pines, llaveros, pegatinas y otro merchandising del PCE, la estrella roja, la enseña republicana… Se iba a desplegar un par de pancartas y había quien llevaba un cartel del tipo ‘se busca’ con la cara del rey y un subtítulo que le culpabilizaba de la crisis económica. Por deformación profesional, me pregunté si el convencimiento que los aglutinaba se sostenía en un adecuado, o aproximado, conocimiento del asunto histórico que entrañaba el antes y el después de lo acaecido en este país el 14 de abril de 1931. Haciendo mal, no lo averigüé. En lugar de eso, me aposté a la puerta del bulevar para seguir observando desde allí y aguardar la llegada de mi amigo.

El dueño de uno de los bajos comerciales que emergió al oír las vivas voces que aseguraban repetidamente “España, mañana, será republicana” lanzó un rápido vistazo, pareció que primero algo incrédulo. Luego entreví que más bien desdeñoso. Cruzó las manos a la espalda y me miró con el rabillo del ojo. Sacó el tórax hacia fuera, y el prominente abdomen, al tiempo que resolvió, en parte hacia mí: “Anda que no están perdidos éstos”. Con la nariz señalaba hacia la cabecera de la manifestación, que iniciaba su recorrido. El vendedor lo dijo ladeando la cabeza, imagino que dando por adelantado que iba a encontrar mi aquiescencia. Que le iba a contestar algún lugar común en solidaridad con su juicio. En silencio, le sostuve la mirada, todo lo inexpresivo que pude, deseando de ningún modo interpretase que tenía un cómplice de su pensamiento en mí. Hasta que él volvió raudo la cara hacia la plaza.

En ésas llegó mi amigo, conocido asimismo del comerciante. Le saludó a él antes que a mí. E, imagino que con cierto alivio suyo, le proporcionó ese copartícipe en el revanchismo que pretendió sin éxito conmigo. Después de intercambiar unas sonrisas, mi amigo le dijo: ‘Que griten, que griten’. A lo que el tipo se aferró con visible gusto para completar: ‘Para lo que les va a servir’. Fue como si uno y otro se hubieran proporcionado el feedback preciso para que sus certidumbres compartidas continuasen inamovibles. Segregándoles complacencia.

Ahí me pregunté si yo únicamente me encontraba incómodo, o si este estado era la antesala de una posición hostil. Si me encontraba más acá o más allá del momento en que te sitúas en claro enfrentamiento. No querría, no me podría sumar a aquella manifestación. Ni mucho menos me asimilaría a la corriente de razonamiento de mi amigo y del tipo del bulevar. Me preguntaba si simplemente podía seguir manteniéndome a distancia durante más tiempo. Si lo conseguiría. Eso tampoco lo resolví. Pues acto seguido me marché con ese amigo al que había esperado, y afortunadamente pasamos a nuestras cosas, distintas de lo que se dirimía en los instantes previos.

Los extremos, aquí donde vivo, no se tocan si no es para chocar. No para coincidir.

13 abr 2011

Eso es arte

Dos menos cuarto de la tarde. Plaza del Cardenal Belluga, Murcia. Casi 26 grados en el mercurio. El calor es de esos que te aprietan las tuercas. Ajeno a la incipiente canícula, un profesor de instituto que rondará los sesenta, ataviado con chaqueta de terciopelo negro (¿un pañuelo de color claro en el bolsillo?), camisa y pantalón gris oscuros y sombrero color ceniza sobre los cabellos plateados, se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz y observa a la quincena de estudiantes de bachillerato que tiene frente a él como si su mirada de experimentado pastor bastase para gobernar el rebaño. Su figura emana todavía autoridad. La respetable autoridad del magisterio. Los adolescentes tienen en sus manos una fotocopia en A3 de un croquis de la fachada barroca de la catedral. En ristre, portan bolígrafos o lápices para tomar nota de la lección de arte e historia que les va a dictar su no tan viejo profesor. Éste reprende a un chico, lo llama al orden. Antes de empezar a explicar, clama: ‘¡Atención!’. Y comienza a desgranar los diversos elementos del imafronte del templo desde el lado derecho del espectador. Sus alumnos cazan al vuelo los conceptos, y trasladan al dibujo en el papel el concepto, el dato y el nombre correspondientes de cada parte de ese tapiz en piedra único en España. Puede que en Europa.

A su alrededor, bullicio de gente que sale de sus trabajos, va a Gran Vía a coger el autobús o a los aparcamientos a sacar sus vehículos. Olvidados de lo demás, incluida la tentación de ser poco obedientes, ellos sólo prestan ojos y oídos al enseñante, y a donde él les señala.

Me alejo de la escena, también yo a la busca de un autobús para el regreso a casa. En la cara llevo la sonrisa de quien acaba de asistir a uno de esos furtivos momentos que reconcilian con ciertas cosas.

20 jul 2010

Donde vive aún la inocencia

Llevo un tiempo en que trato de tender puentes con el mundo de mi infancia y adolescencia, ese al que Rilke llamó «santuario de la memoria», y del que llegué a sentirme extranjero, o por lo menos desapegado. Hay recuerdos a los que ya no esperaba, que sin embargo vienen aflorando como si más bien fueran presentimientos. Uno de ellos tiene que ver con la época en la que cursé el bachillerato. Hasta que empecé el instituto sólo había visto la biblioteca municipal de mi pueblo y la del colegio salesiano donde estudié la EGB. Las dos las recuerdo pequeñas; de ninguna de las dos tomé en ese periodo un libro prestado.

Mi contacto con la literatura, hasta entonces, se reducía a aquella que una prima guardaba en una habitación de casa de mi abuela Lola. Mi prima se había ido a vivir con mi abuela para mitigar la soledad en la que estaban ambas: una, estudiante de Derecho que quería terminar la carrera y preparar unas oposiciones muy complicadas; la otra, viuda desde hacía unos pocos años de mi abuelo Alejo, ocupaba una casa de dos plantas, que había sido antes de sus padres, y que le quedaba demasiado grande. Junto a los manuales de leyes y rimeros de folios con apuntes, en aquellos cuartos del piso de arriba, sobre una repisa, encima de un gran arcón o dentro de un viejo mueble, vi por primera vez un Miguel Delibes, una Familia de Pascual Duarte y una Regenta.

Por otra parte, mi madre y mi abuelo Alejo fueron, a su modo, aficionados a la lectura. Si bien, los pocos libros que había conservado mi madre en casa tras algunos avatares (Balzac, Molière, George Sand…) estaban en francés; y la biblioteca particular de mi abuelo consistía en publicaciones sobre el más allá, lo paranormal y los ovnis.

Pero a los meses de entrar en el instituto esa familiaridad escasa con los libros se transformó para siempre. Considero que la primera biblioteca que exploré a conciencia fue la del centro donde hice el bachillerato. Ahora sé que era bastante modesta, pero yo no había visto antes tantos volúmenes ocupando decenas de estanterías repartidas en vitrinas por las cuatro paredes de una sala de estudio rectangular. Muchos recreos, en lugar de salir a la calle con mis compañeros, iba allí para mirar los títulos tras los cristales. Si querías alguno, recuerdo que había que rellenar una ficha y un profesor de guardia sacaba un manojo de llaves para abrir la puertecilla del mueble y sacar el libro solicitado. A algunos de esos profesores los volvía locos: en los veinte minutos que duraba uno de los dos descansos con que contábamos entre clases, les llegaba a obligar a que emplearan las llaves dos y hasta tres veces.

Pasé muchos recreos en aquella biblioteca. De los lomos de los libros que allí había, me quedé en mente con muchos de sus títulos. Hasta el punto que, desde entonces, no he hecho otra cosa que buscarlos y leerlos. A partir de ahí, cada vez que por fin terminaba un libro cuyo título había encontrado por primera vez en la biblioteca de mi instituto, cinco años, ocho años, diez años, doce años después, sentía que había avanzado en una propuesta que no me planteé de forma literal, y que sin embargo no he dejado de obedecer: averiguar qué contaban, qué contenían, todas las páginas guardadas tras aquellas vitrinas; qué había detrás de títulos que miraba como intentado escudriñar en la promesa de su planteamiento.

Precisamente, esa prima de la que hablé antes me descubrió un libro que también estaba en esa biblioteca, y que volví a leer por tercera vez hace un par de semanas. Cuando tenía trece o catorce años, la que pronto sería nueva abogada me contó de una novela en la que le sorprendió que apareciera nuestro pueblo, Alcantarilla, pero el de hace seis siglos. Se trataba de León el Africano, de Amin Maalouf. Comprobé por mí mismo que era verdad que Alcantarilla aparecía en ese libro en un par de pasajes como el lugar de origen de un personaje femenino. Tras el reciente premio Príncipe de Asturias de las Letras a su autor, regresé a su obra más popular y, al mismo tiempo, a ese mundo pasado en el que escuché hablar por primera vez de ella por boca de mi prima.

El narrador y protagonista de León el Africano resume así en el arranque de su historia el largo viaje de su vida: «Mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive aún mi inocencia». Se refiere el texto a la Granada árabe de su infancia, que terminaría siendo conquistada por el ejército de los Reyes Católicos, de la que se exiliaría con sus parientes y en la que siempre cifraría (otra vez con Rilke) el «santuario de su memoria».

Yo he recordado, entre las páginas de León el Africano, la anécdota de que mi pueblo figure como un lejano y fugaz escenario literario en una novela escrita por un libanés que reside en Francia sobre un personaje histórico, nómada forzoso, que fue de todas partes; que nuestra inocencia sigue viva en lugares que sólo desaparecerán con nosotros, y que deseo más que nunca conciliar presente y todos los sueños descartados que una vez, parece ya que en otra vida, acumulé.