El observador en apariencia ensimismado a ojos de quienes lo ven en la calle tiene su atención despierta a ciertas cosas, como si dispusiera de una segunda conciencia, y descubre signos en lo que mira que le sorprenden y le desalientan, y que cree preocupantes. Tras el cristal del escaparate de una tienda china de ropa ve unos libros de bolsillo (Poe y Dickens y otro que no puede retener), algo estropeados, ediciones de los años 90 por lo menos, utilizados como objeto de decoración. No es la primera vez. Hace una semana, en el interior de una de esas tiendas de ropa cuyo catálogo está destinado a jóvenes muy jóvenes, de las que se puede salir vestido de los pies a la cabeza con prendas de grandes estampados y el logotipo de la marca textil bien visible, ya se había topado con unos tomos (medicina, gramática, leyes) de vieja encuadernación que servían de ornamento en un anaquel en la pared. Cáscaras de papel que han perdido su razón de ser y se encontraban en esos locales por lo llamativo de sus lomos y cubiertas, o con la intención de dar un toque retro, de crear una cierta atmósfera variopinta. Como mero adorno silenciado y elemento superficial casi inadvertido en tiendas que venden un género fabricado en su mayor parte, si no en su totalidad, en China, en Taiwán o en India, mediante sistemas productivos altamente abusivos con sus trabajadores. Ropa confeccionada, como tantas cosas que tenemos a nuestro alrededor, con obsolescencia programada, para que duren un tiempo muy breve, y deban ser sustituidas a corto plazo, en un año, dos a muy largo fiar.
Recuerda también que hará dos días entró en una gran superficie comercial en la Gran Vía de Murcia y se topó con que, bajo el influjo de la nueva temporada escolar que viene, han relegado a un lugar marginal, mal dispuestas, las colecciones de libros de bolsillo de Alianza, Castalia, Edhasa y Cátedra, para otorgar los estantes y el espacio que hasta hace poco ocupaban a carpetas, agendas y material de papelería. Esos volúmenes fácilmente transportables, económicos, cómodos de leer, de subrayar y de acomodar en casa, sobre una mesilla, junto a un portarretratos, en un cajón del escritorio. La base de lo que le queda a nuestra civilización de civilizado. Y que contienen buena parte de nuestro patrimonio sapiencial, de conocimiento de lo que fuimos e hicimos, ayuda inestimable para entender algo de lo que somos y de adonde hemos llegado. La intrépida aventura de la búsqueda de respuestas a preguntas que vienen formulándose desde la noche de los tiempos y que no se han hallado porque probablemente no existan como tales, y en lo que realmente importa es la historia de esa prolongada pesquisa milenaria.
Oí una vez decir a Arturo Pérez-Reverte que los libros son “materia muerta”, objetos sellados que precisan de lectores que los abran y hagan latir la vida que guardan en sus páginas. Ahora se extiende la presencia de libros como parte inerte del paisaje y se establecen barreras invisibles entre ellos y las personas. Su perdurable riqueza permanece encerrada mientras en torno sobreabundan las cosas fútiles y caducas de antemano.
Piensa el observador en apariencia distraído: es con el imperecedero valor cifrado en esos libros que lucen como piezas disecadas en muros y escaparates con lo que debemos pertrecharnos para una travesía de largo aliento como la de la vida. Con eso es con lo que estaría bien que nos vistiéramos de la cabeza a los pies.
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