15 abr 2011

14 de abril

En la tarde de ayer, mientras esperaba a un amigo a la entrada del bulevar de Santo Domingo, en la plaza que queda a unos metros de distancia crecía una concentración que abogaba por la llegada de una tercera república. Una pareja de policías locales la seguía de muy cerca. Consignas, proclamas y banderas tricolores de los manifestantes (quizá un centenar) hicieron que saliera a la calle, justo a mi lado, un comerciante. Minutos antes yo había paseado entre aquel gentío, me había aproximado a una mesa en la que estaba expuesta una serie de folletines políticos y a otra en la que se vendían chapas, pines, llaveros, pegatinas y otro merchandising del PCE, la estrella roja, la enseña republicana… Se iba a desplegar un par de pancartas y había quien llevaba un cartel del tipo ‘se busca’ con la cara del rey y un subtítulo que le culpabilizaba de la crisis económica. Por deformación profesional, me pregunté si el convencimiento que los aglutinaba se sostenía en un adecuado, o aproximado, conocimiento del asunto histórico que entrañaba el antes y el después de lo acaecido en este país el 14 de abril de 1931. Haciendo mal, no lo averigüé. En lugar de eso, me aposté a la puerta del bulevar para seguir observando desde allí y aguardar la llegada de mi amigo.

El dueño de uno de los bajos comerciales que emergió al oír las vivas voces que aseguraban repetidamente “España, mañana, será republicana” lanzó un rápido vistazo, pareció que primero algo incrédulo. Luego entreví que más bien desdeñoso. Cruzó las manos a la espalda y me miró con el rabillo del ojo. Sacó el tórax hacia fuera, y el prominente abdomen, al tiempo que resolvió, en parte hacia mí: “Anda que no están perdidos éstos”. Con la nariz señalaba hacia la cabecera de la manifestación, que iniciaba su recorrido. El vendedor lo dijo ladeando la cabeza, imagino que dando por adelantado que iba a encontrar mi aquiescencia. Que le iba a contestar algún lugar común en solidaridad con su juicio. En silencio, le sostuve la mirada, todo lo inexpresivo que pude, deseando de ningún modo interpretase que tenía un cómplice de su pensamiento en mí. Hasta que él volvió raudo la cara hacia la plaza.

En ésas llegó mi amigo, conocido asimismo del comerciante. Le saludó a él antes que a mí. E, imagino que con cierto alivio suyo, le proporcionó ese copartícipe en el revanchismo que pretendió sin éxito conmigo. Después de intercambiar unas sonrisas, mi amigo le dijo: ‘Que griten, que griten’. A lo que el tipo se aferró con visible gusto para completar: ‘Para lo que les va a servir’. Fue como si uno y otro se hubieran proporcionado el feedback preciso para que sus certidumbres compartidas continuasen inamovibles. Segregándoles complacencia.

Ahí me pregunté si yo únicamente me encontraba incómodo, o si este estado era la antesala de una posición hostil. Si me encontraba más acá o más allá del momento en que te sitúas en claro enfrentamiento. No querría, no me podría sumar a aquella manifestación. Ni mucho menos me asimilaría a la corriente de razonamiento de mi amigo y del tipo del bulevar. Me preguntaba si simplemente podía seguir manteniéndome a distancia durante más tiempo. Si lo conseguiría. Eso tampoco lo resolví. Pues acto seguido me marché con ese amigo al que había esperado, y afortunadamente pasamos a nuestras cosas, distintas de lo que se dirimía en los instantes previos.

Los extremos, aquí donde vivo, no se tocan si no es para chocar. No para coincidir.

13 abr 2011

Eso es arte

Dos menos cuarto de la tarde. Plaza del Cardenal Belluga, Murcia. Casi 26 grados en el mercurio. El calor es de esos que te aprietan las tuercas. Ajeno a la incipiente canícula, un profesor de instituto que rondará los sesenta, ataviado con chaqueta de terciopelo negro (¿un pañuelo de color claro en el bolsillo?), camisa y pantalón gris oscuros y sombrero color ceniza sobre los cabellos plateados, se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz y observa a la quincena de estudiantes de bachillerato que tiene frente a él como si su mirada de experimentado pastor bastase para gobernar el rebaño. Su figura emana todavía autoridad. La respetable autoridad del magisterio. Los adolescentes tienen en sus manos una fotocopia en A3 de un croquis de la fachada barroca de la catedral. En ristre, portan bolígrafos o lápices para tomar nota de la lección de arte e historia que les va a dictar su no tan viejo profesor. Éste reprende a un chico, lo llama al orden. Antes de empezar a explicar, clama: ‘¡Atención!’. Y comienza a desgranar los diversos elementos del imafronte del templo desde el lado derecho del espectador. Sus alumnos cazan al vuelo los conceptos, y trasladan al dibujo en el papel el concepto, el dato y el nombre correspondientes de cada parte de ese tapiz en piedra único en España. Puede que en Europa.

A su alrededor, bullicio de gente que sale de sus trabajos, va a Gran Vía a coger el autobús o a los aparcamientos a sacar sus vehículos. Olvidados de lo demás, incluida la tentación de ser poco obedientes, ellos sólo prestan ojos y oídos al enseñante, y a donde él les señala.

Me alejo de la escena, también yo a la busca de un autobús para el regreso a casa. En la cara llevo la sonrisa de quien acaba de asistir a uno de esos furtivos momentos que reconcilian con ciertas cosas.